1 de junio de 2022. 947 días hasta la acera.
1 de junio, Día del Niño. Calor. Estamos en el zoológico, Bella, los tres niños y yo. El cochecito, helados. Un día cualquiera.
Suena el teléfono. El maestro. Programador, como yo; hace tiempo escribíamos en el mismo foro.
Tiene hongos. Podemos vernos hoy mismo.
Los quiero. Me rondan desde hace mucho, solo que no tengo de dónde sacarlos ni con quién comerlos. Él tiene las dos cosas.
Le digo a Bella que por la noche vendrán unos amigos y que vamos a comer hongos.
Bella no dice “no”. Tampoco dice “sí”.
Lo cuento como consentimiento.
Llegan los tres. El maestro, Eliasz, al que veo por primera vez en mi vida, y un tercero, con un apodo que no soy capaz de recordar, así que lo llamo a mi manera. Trajeron bloques de LEGO.
Los hongos no son de un bosque polaco. Ejemplares enormes, los cultivó él mismo o los recogió él mismo. Me dice el nombre. No lo recuerdo. Él no vende. Con él, se recibe.
Hace té con ellos. Bebemos todos y esperamos a que haga efecto.
No hace efecto. Los colores se vuelven más nítidos y está esa sensación de que algo está por pasar, de que ya está al otro lado del umbral, de que en cualquier momento arranca.
No arranca.
El maestro dice que esto es justo lo que se puede esperar. Más no va a haber.
Estamos tirados en la hierba junto al estudio. Así llamo a la construcción de madera que levantamos al lado de la casa en el bosque. Ahí está el scooter de Bella. Una vez lo desarmé y no lo volví a armar. Tengo una batería nueva para él, comprada y sin tocar.
—¿Y si arreglamos ese scooter?
El maestro dice que es una gran idea.
Ponemos la batería. Nada.
El maestro se da la vuelta y se pone a conversar con Eliasz y con el tercero, como si el scooter se hubiera terminado solo.
—Oye —digo—. Si ya terminaste de trabajar, recoge.
Sonríe.
—Me conoces.
Lo conozco.
Antes de irse todavía nos quedamos sentados. El maestro pregunta si me gusta mi vida. Si soy feliz.
Digo que me siento realizado. Que lo tengo todo: esposa, hijos, casa, dinero.
—Pero ¿eres feliz?
No lo sé. Estoy realizado.
Pregunta cómo es mi relación con mi esposa.
—Correcta.
Dice que todavía se puede cambiar todo. Solo hay que recorrer un camino difícil. Un viaje al fondo de uno mismo, para encontrarse y trabajar el karma. Será duro y habrá muchas trampas, pero si no nos aplastan los tanques, todo se arreglará.
Eso es de una canción. Él habla con citas y no dice de dónde son.
Luego enumera lo que voy a recibir. El Tesla con el que sueño. Una esposa que me ame y calor en casa. Volver a ser yo. Que voy a ayudar a otras personas. Fama, dinero y felicidad.
Dice que Dios, el Padre Altísimo, lo puede todo. Y habla de mi auto.
—En tu auto hay pistones de platino. Simplemente están ahí. Algún día los venderás, cuando los necesites.
Mi auto es plateado, algo viejo. Flecha plateada, pienso.
Pero primero, el camino oscuro.
Me da a elegir. Hospital psiquiátrico o cárcel.
Pregunto por cuánto tiempo.
Como mínimo 2 semanas. Dice algo de un año, pero que se va a acortar.
Elijo el hospital. No sé qué me harían en la cárcel. Y el hospital es inofensivo. Mi cabeza está perfectamente, así que saldré rápido.
Al camino oscuro lo llama el camino del maestro. El camino masónico hasta el grado treinta y tres. Dice que ya estoy en él, solo que todavía no lo sé. Y que del camino del maestro no se puede salir. Uno puede desviarse un poco, un trecho a la izquierda, un trecho a la derecha, pero de todos modos vuelve a él.
Dice también que es illuminati.
Una vez dice que no se sabe si saldrá bien y que no me quiere asustar. Otra, que de este camino no se puede salir. Lo oigo. No me molesta.
Le cuento cuánto he logrado en la vida. Me interrumpe. Todo es un palíndromo. Un palíndromo se lee igual de adelante hacia atrás que de atrás hacia adelante, pero lo más importante es que tiene un centro. Si ahora estoy arriba, ahora viene la bajada. Hasta la oscuridad.
Me dice también que soy adicto. Es la primera persona en mi vida que me lo dice sin rodeos. Tomo modafinilo desde hace años, todos los días. Tengo palabras para eso: disciplina, rendimiento, trabajo personal. Él tiene una. Tengo que liberarme de todo lo que uso para ayudarme, y solo entonces recibiré la recompensa.
Y que tendré un examen. Al principio no sabré que es un examen, pero me daré cuenta. Van a comprobar si sirvo. Habrá acertijos. En la mesa habrá tentaciones, alcohol y otras sustancias, y los masones no admiten adictos, así que en el examen no se puede beber ni drogarse. Solo toleran el cigarrillo, aunque también es un vicio. Pero no delante de ellos. Hay que salir.
Lo más probable es que no lo apruebe, dice.
Se van. Los bloques de LEGO se los llevan.
El scooter se queda junto al estudio. Desarmado.