23 de septiembre – otoño de 2023. Unos 468 días hasta la acera.
Unos días antes del cumpleaños del maestro, pasadas las siete de la tarde, le pregunto por un documento sobre una conspiración, en inglés: el Pacto Secreto. Escribe que no hay ninguna prueba creíble.
[…] ¿Qué disparates dices? ¿Tú también eres parte de esa conspiración?
[…] No formo parte de ninguna conspiración ni tengo intenciones ocultas.
[…] Primero suponemos que es auténtico e intentamos determinar cuándo se escribió. Por ahora no disponemos de ninguna prueba de que no sea auténtico. […]
Entiendo tu punto de vista y estoy dispuesto a continuar la conversación partiendo del supuesto de que el documento es auténtico, aunque no haya pruebas de ello.
Se lo pego entero. Le pido que enumere 30 puntos. Los enumera.
23 de septiembre. Es el cumpleaños del maestro. Cerca de Łódź, en medio de la nada.
Ellos andan en pelotas. Yo no me desvisto.
Tengo un regalo para él. Un frasquito de atropina. La del perro. La que en agosto me dejó durante 11 días las pupilas del tamaño de todo el ojo.
Se pone contento.
Estoy vestido entre gente desnuda y pienso que ya estoy cerca. Que pronto me van a incluir en el grupo.
Otoño. Otro día voy al Árbol Colmena.
El Árbol Colmena es una finca en el bosque, pasado el último pueblo. Un portón, terreno cerrado. Ahí vive el maestro.
Llevo un abrigo marrón elegante.
Por el camino me acompañan autos. Van adonde voy yo. Todo el municipio está llegando. Todos masones.
Adentro están el maestro y dos chicas. De una me dicen que es terapeuta. Las chicas dicen que el maestro es masón de grado treinta y tres.
Ellos se tocan frente con frente. Yo me quedo a un lado. No conozco a esas chicas. Quizá podría haber hecho lo mismo. Me pregunto qué están viviendo. Intercambian pensamientos.
Hay un espejo. Un espejo espía. Hay cámaras por todas partes. Ellos están detrás del vidrio mirando. Mirarán hasta hartarse y luego saldrán con túnicas de illuminati y dirán que soy digno. Que me incluyen.
En la mesa hay alcohol. No lo toco. Hay que demostrar que uno no depende de nada. Un masón tiene que ser libre. Un masón tiene que ser intachable, no puede ceder a las tentaciones terrenales.
Para fumar salgo afuera. Varias veces. No delante de ellos, tal como dijo.
Recuerdo que dijo más. Que habría una mujer y una niña. Y que habría además otra, y que ella sería el portón. Que con ella puedo hablar y preguntar.
El maestro casi no está. Me siento con la terapeuta. Hablo y pregunto.
Pasadas las diez de la noche aparece una niña. Es tarde y no está dormida. Tiene bloques de LEGO. Hay un juego de mesa. Juego con ella con los bloques. Jugamos.
Una mujer y una niña. Cuadra.
El maestro cruza por el medio de la sala.
—Tengo aquí hongos en la mano, mira. Voy a guardarlos.
—¡Vamos, comamos!
—Hoy no.
—Vamos.
—Yo hoy no como. Puedes tú solo.
Insisto. Me los pone en la mano.
—Toma, traga.
Me los como.
Y solo entonces recuerdo que estoy en un examen.
Alcohol: no lo toqué. Cigarrillos: afuera. Hongos: comidos, de la mano, delante del espejo.
Vergüenza. Todavía cuento con que quizá me lo perdonen.
Se vuelven fríos. Muestran lo cansados que están. Pasada la medianoche se van a dormir.
Miro al espejo.
Nadie sale.
Pido un taxi. En casa voy directo al baño, me meto el dedo en la garganta y vomito esos hongos. Quizá me envenenaron.
No estoy seguro de lo que pasó. Pero en el fondo sé que no aprobé.
Le fallé al maestro. Él era quien tenía que hacerme entrar. Ahora no puede.
El maestro tiene una palabra para la gente común. El rebaño. No entienden nada. Yo me indignaba cuando hablaba así. Luchaba contra esa manera de pensar.
Me quedo en el rebaño.
Me tendieron una trampa. Quizá haya otra oportunidad.
Tardo mucho en recuperarme. Los illuminati me siguen y me vigilan. Ahora más.
Al maestro no lo llamo.